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miércoles, 6 de julio de 2011

Tecnología: traición a la libertad. Parte I

La utopía, espacio sin lugar, siempre abierto a la imaginación, ha sido el objeto de la meditación profunda de las mentes más brillantes a lo largo de la historia. La técnica, extensión de la habilidad humana, perversión de la naturaleza para fines hedonista, se ha insertado en su discurso la racionalidad omnipresente del logos transformándose en la panacea de las sociedades modernas. Si para el mundo secular las palabras de los libros sapienciales: "La verdad nos hará libre" representa el fondo inexorable de una sabiduría más profunda, que de igual modo se figura en el mito prometeíco, esta realidad es o puede ser alcanzada progresivamente en la tecnología.
 La tecnología puede así prometer el camino, el método a la utopía. Recordemos las grandes esperanzas de Engels y Marx sobre el proletariado como sujeto de la historia; su designio obedecia a esa racionalidad que aparece maligna pero que en su verdad es buena: el explotado en su trabajo adquiría el saber del manejo de los medios de producción, el proletariado, dado que es el único capacitado para manejar la industria, debía caer en conciencia de que su sufrimiento sólo era el preludio a la liberación del género humano, que su explotación era su preparación histórica, no sólo de ese sujeto sino de la humanidad entera dada las enormes masas de población que aparecían en las fábricas, que se aglutinaban en los suburbios de las ciudades.
 La pesadilla romántica del nuevo prometeo (así llamó Shelley a su libro originalmente y que hoy es conocido como Frankenstein) no era más que el reflejo ambivalente de que la mentalidad de la epóca no estaba preparada "científicamente" para comprender el poder redentor de la técnica; pero que justo en la denuncia encerraba ya su propicio terreno. El problema era la pesadilla que presuponía al soñador, lo que había era que descubrir el proceso, el método de liberación para que el soñador despertase y se transformara en revolucionario.
 La técnica se convierte en tecnología, en ratio liberationis como método, camino de la libertad; fuera del sueño romántico de libertad, sin el anhelo de un lugar mejor en el pasado o el futuro la pesadilla del presente queda anulada, disuelta por el trabajo revolucionario del intelectual que muestra el camino a la humanidad, que demuestra la necesidad del proceso en la historia hacia la libertad. Nace el partido, total monopolio de la verdad, unión entre lo teórico (las ideas) y lo práctico (la vida misma). Se consuma así la traición a la libertad en el aplazamiento de la liberación, en las grumosidades del devenir pero se mantiene la promesa.
El estadio religioso de la conciencia de partido no evoluciona, no ve al futuro más que como redención del pasado; la justicia estará por venir mientras halla injusticia en el mundo, luego la injusticia es la condición de posibilidad de la justicia: la dialectica a priori de la conciencia religiosa hecha partido político. La utopía abandadonada al sueño por el utopismo de la promesa, pasa a formar parte del deseo, éste se instaura en las márgenes de la razón menos como un virus que como el propio contorno de la conciencia: lo inconciente es la condición de posibilidad de lo conciente, sin cuerpo no hay mente, verdad científica de médicos.
 El deseo instaurado en la falta de algo que no se sabe crea necesidad, pero ésta ya no es la apetencia del cuerpo que motiva a comer, fornicar o luchar sino que es resultad de su des-conocimiento, de su abandono como concienca, como saber de sí. La técnica se constituye así en método, indagación científica o saber según la severidad del tribunal en el que se legítime.
 La técnica es así trasmutada en terapía, implacable en su misión tiene por fin desmontar toda traba que obture ver ese no lugar que la falta es: la utopía y la técnica se conjugan nuevamente en la liberación de un sujeto que cae en la cuenta de su deseo. Sólo que aquí el proceso es "individual", ya no son las masas proletarías las que encuentra en la "ciencia" de la demostración de la liberacion inminente sino los individuos, claro gracias a un intelectual de oficio: el terapista de múltimples nombres (llamése Freud, Jung, Adler, Reich, Lacan, etc.)
 La técnica se hace habla, en el diván, y el habla que es logos configura a la tecnología como la relación de dependencia (transferencia dicen algunos) del sujeto y su terapista de múltiple nomenclatura. La justificación de la liberación ya no es la preparación en el sufrimiento del manejo de la técnica sino el cómodo intercambio simbólico: el dinero no es más que un símbolo -afirma el terapista. La liberación como dependencia que efectúa la compra de un servicio es la traición a la libertad por medio de la tecnología, nuevamente.

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